domingo, 15 de marzo de 2015



LOGROS DE LA MUJER EN LA POLÍTICA 



 El ejercicio de la política sigue siendo el espacio no plenamente conquistado por la mujer colombiana. No obstante ser este hecho una constante en el mundo, sorprende que en Colombia la mujer se enfrente a esta restricción del espacio político a pesar de haber protagonizado tres de las grandes revoluciones del siglo XX. Gracias a la revolución educativa, hoy la mujer tiene en promedio mayores niveles de educación que el hombre.
Por la revolución demográfica, a pesar de la Iglesia Católica y a pesar de los hombres, Colombia con niveles de crecimiento poblacional aproximados del 1.8%, producto de un descenso vertical en las tasas de fecundidad, ofrece un escenario mucho más manejable para las políticas públicas. Finalmente, la revolución laboral que ha llevado al país a las más altas tasas de participación femenina en el mercado de trabajo del continente, es hoy un pilar fundamental para el manejo de la crisis económica al ser las mujeres y, no los hombres, las que han salido masivamente a generar ingresos en actividades precarias.
¿Ha cohonestado el Partido Liberal con este proceso de exclusión de la mujer en la política? Basta con mirar este Seminario sobre las grandes figuras de la historia del Partido Liberal, para concluir dolorosamente que la mujer y su contribución no solo no han sido parte de su agenda sino que se niega su contribución. ¿De que manera se explica que Esmeralda Arboleda de Uribe, la figura femenina más importante del siglo XX, además liberal como pocos, no forme parte de los reconocidos personajes en la historia del Partido? No es la primera vez y probablemente no será la última, en que las mujeres colombianas se sientan ubicadas en los puestos traseros del Liberalismo. Como lo han mencionado historiadoras colombianas, la verdadera contribución de las mujeres a los grandes procesos nacionales está aún por escribirse y esta realidad es aún más contundente en el área del desarrollo político nacional.
No siempre se ha dado esta explícita exclusión de las figuras femeninas. Su protagonismo en la Independencia es parte de la historia nacional y figuras como Policarpa Salavarrieta, Mercedes Ábrego y Antonia Santos están en la memoria colectiva de todas y todos los habitantes de este país. Pero este reconocimiento no se ha mantenido a través de las diversas etapas de la vida nacional, hecho que no se compadece con la creciente y decisiva contribución femenina en lo económico, en lo social y en el desarrollo de la débil democracia colombiana. Esta característica general de la historia contemporánea ha contaminado definitivamente a un Partido como el Liberal que se supone representa la opción progresista del país.
Reconocer la realidad descrita es de crucial importancia no solo para las mujeres del país sino para la sociedad colombiana. La política bien entendida es la más noble de las profesiones porque se refiere al manejo de lo público, al acceso al poder con el objeto de diseñar los derroteros nacionales. Quitarle a la mujer esta oportunidad es dejarla por fuera de las grandes decisiones, es excluirla de la posibilidad real de construir el futuro de su propio país. Un Partido que no reconoce las serias consecuencias de posturas de esta naturaleza no puede tener las banderas de la solidaridad, de la equidad, de la búsqueda de la modernidad.
En momentos en que el Partido Liberal busca su norte, perdido en la maraña de las difíciles situaciones nacionales, es fundamental reversar la tendencia descrita e impulsar la salida del anonimato de la mujer liberal para que se ubique en la posición que se ha ganado y que por lo tanto se merece: su acceso definitivo al poder.
PROCESO DE LA REVOLUCION LIBERAl


La Revolución liberal, también conocida como Guerra civil ecuatoriana fue un movimiento revolucionario en contra de los gobiernos de carácter conservador, e impulsado por varias facciones insurgentes lideradas por Eloy Alfaro. La revolución tiene como fecha inicial el 5 de Junio de 1895 en Guayaquil cuando Eloy Alfaro fue proclamado como Jefe Supremo. Posteriormente Alfaro fue nominado Presidente Constitucional del Ecuador.

Los inicios de la revolución toman lugar tras el ascenso al poder de Ignacio de Veintemilla y sus posteriores intenciones de declararse dictador, con lo cual varios sectores del país empezaron a formar movimientos revolucionarios en contra del gobernante. Las tropas alfaristas, con apoyo conservador, vencieron, tras lo cual Veintimilla fue derrocado, sin embargo, los conservadores de 1897]], la cual lo declaró Presidente Constitucional. Fue sucedido por su propio coideario Leónidas Plaza Gutiérrez, aunque luego sus diferencias lo llevaron a conflictos entre ellos. Alfaro vuelve a la lucha armada en el gobierno de Lizardo García a quien derrotó, llegando nuevamente al poder y gobernando hasta 1911. Un año más tarde Alfaro fue capturado por tropas conservadoras, enviado a prisión a la capital Quito, desde donde fue extraído por un grupo de manifestantes presumiblemente conservadores, torturado y asesinado. Los liberales continuarían en el poder por varios años más.

La revolución es considerada uno de los episodios más importantes de la historia ecuatoriana, debido a su impacto en la política y en la sociedad. Entre los principales aspectos de esta revolución está la implantación del laicismo en el Ecuador, con lo cual la Iglesia y el Estado fueron formalmente separados. Otras áreas donde hubo cambios significativos respecto al estado que imparten desde la Colonia, se enfocaron en permitir la libertad de culto, la confiscación de los bienes eclesiásticos, la abolición del catolicismo como religión estatal, la enseñanza laica y el divorcio.

Las transformaciones liberales


 


El programa inicial de la Revolución Alfarista fue           

esbozado en el editorial del Registro Oficial del 3 de
 septiembre de 1895: Regeneración de la República.
Paz en el exterior. Orden, honradez y reorganización
en régimen interno. Fomento al comercio y las industrias,
desarrollo de las artes, protección a las ciencias. Mejora y
aumento de la instrucción pública. Arreglo y fiscalización
 de las finanzas del Estado. Mesura y equidad en el reparto presupuestario.
Régimen de responsabilidad para los funcionarios públicos. Respeto a las garantías constitucionales. Fomento de la inmigración. Respeto para la religión nacional y consideración para las ajenas creencias. Impulso a la agricultura. Multiplicación de las vías de comunicación interregionales. Construcción de ferrocarriles. Perfeccionamiento de las instituciones militares.
En síntesis, se trataba de una revolución de carácter laico y con fuerte acento anticlerical, que se proponía separar radicalmente al Estado de la Iglesia, refrenar toda intromisión clerical en la política, nacionalizar y secularizar al clero y estatizar los bienes de manos muertas. Con la institución de la “educación pública laica y obligatoria” se buscaba ampliar y democratizar la acción del Estado, limitar la influencia ideológica de la Iglesia y los sectores conservadores, y crear una nueva conciencia ciudadana, proclive al libre pensamiento y a la tolerancia.
Era ciertamente una revolución burguesa, que buscaba eliminar las relaciones feudales de trabajo existentes en el país, y también una revolución nacionalista, que pretendía integrar a las aisladas regiones ecuatorianas, fortalecer al país para su defensa y buscar paralelamente la resolución del secular problema territorial con el Perú, por medios pacíficos. En este sentido, el plan de ferrocarriles nacionales tenía una gran importancia, porque era el medio a través del cual el régimen revolucionario se proponía unir a Sierra y Costa (línea Guayaquil-Quito), vincular al norte con el sur (ferrocarril Tulcán-Loja, ferrocarril de El Oro y ferrocarril de Manabí) y colonizar y poblar la región oriental (ferrocarril al Curaray). Además, el plan ferroviario respondía también a una estrategia de defensa nacional, pues permitiría una rápida movilización de tropas hacia cualquier lugar de país.
Tan ambicioso proyecto nacional debía chocar inevitablemente con muchos intereses creados. De ahí que el proyecto revolucionario hallara resistencias, inclusive al interior de las filas progresistas, donde, en general, lo apoyaban los radicales y lo resistían los liberales de la vieja escuela, que, cuando más, querían una tímida reforma política.

 

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